Cosas de mayores: el entregable que tenía más versiones que páginas

El niño pelirrojo llegó a la sala antes de que los mayores empezaran a discutir sobre el control de versiones.

La expresión le pareció tranquilizadora.

Sonaba a que alguien sabía lo que estaba haciendo.

Se sentó junto a la ventana, dejó la mochila en el suelo y abrió su libreta. En la manga de su chaqueta azul, las pequeñas estrellas doradas estaban colocadas en perfecto orden.

En la pantalla, en cambio, nada parecía estarlo.

Había una carpeta abierta con muchos documentos. Todos tenían nombres parecidos:

D3.2_v1.docx
D3.2_v1_revisado.docx
D3.2_v1_revisado_FINAL.docx
D3.2_FINAL_corregido.docx
D3.2_FINAL_DEFINITIVO.docx
D3.2_FINAL_DEFINITIVO_ahora_si.docx
D3.2_FINAL_DEFINITIVO_ahora_si_2.docx

El niño los contó.

Había diecisiete archivos.

Después miró el documento abierto en la pantalla.

Tenía catorce páginas.

—Tiene más versiones que páginas —dijo.

Nadie contestó.

Los mayores estaban demasiado ocupados intentando averiguar cuál de todos aquellos documentos era el verdadero.

A veces, la versión más difícil de encontrar es la que dice la verdad.

Niño pelirrojo sube una escalera de carpetas que representan el control de versiones de un entregable europeo.

El archivo que ya había terminado varias veces

—La buena es la última —dijo un hombre que sujetaba una taza de café con las dos manos.

—¿La última de la carpeta o la última que envió Ana? —preguntó una mujer.

—La que envió Ana esta mañana.

—Ana ha enviado dos esta mañana.

—Entonces la segunda.

—Pero esa no incluye los comentarios de Lucas.

—Los comentarios de Lucas estaban en la anterior.

El hombre dejó la taza sobre la mesa y miró la pantalla como si esperase que los archivos se ordenaran por sí solos.

El niño levantó la mano.

No sabía si en aquellas reuniones había que levantarla, pero en la escuela solía funcionar.

—¿Por qué todos se llaman final?

Los mayores lo miraron.

—Porque son versiones finales —explicó alguien.

—¿Todas?

—Bueno, no exactamente.

—Entonces, ¿por qué se llaman así?

Hubo un silencio pequeño.

No era uno de esos silencios importantes en los que alguien está pensando. Era más bien uno de esos silencios en los que todos esperan que otra persona responda.

—Porque en ese momento pensábamos que eran las últimas —dijo finalmente la mujer.

El niño volvió a mirar los nombres.

—¿Y después dejasteis de pensarlo?

—Después aparecieron correcciones.

—Entonces no eran finales.

—En sentido estricto, no.

El niño anotó en su libreta:

Final: algo que los mayores creen que ha terminado hasta que alguien vuelve a tocarlo.

El hombre del café se inclinó para leerlo.

—No es exactamente eso.

—Ya —respondió el niño—. Es solo una primera versión.

Una palabra para no decir «todavía»

Los mayores explicaron que aquello se llamaba control de versiones.

El niño imaginó por un momento que las versiones eran animales pequeños que intentaban escaparse de la carpeta y que alguien debía vigilarlas para que no se mezclaran.

Pero no parecía que nadie estuviera controlando demasiado.

Empezó a sospechar que el control de versiones era una forma bastante complicada de buscar el archivo que todos habían perdido.

Un documento estaba en el correo electrónico.

Otro se encontraba en una carpeta compartida.

Había una copia en el escritorio del coordinador.

Alguien trabajaba sobre un archivo descargado la semana anterior.

Y una persona aseguraba que tenía una versión más reciente, aunque en ese momento no conseguía encontrarla.

—Debe estar en alguna carpeta —dijo.

El niño pensó que «alguna carpeta» era un lugar enorme donde los mayores guardaban todo aquello que no sabían dónde estaba.

—No toquéis nada durante un momento —pidió el coordinador—. Voy a intentar consolidar los cambios.

Todos dejaron de escribir.

Durante casi un minuto.

El control de versiones funcionó exactamente cincuenta y siete segundos.

Después, una mujer abrió el documento para corregir una coma.

—Solo era una coma —se justificó.

Otro aprovechó para cambiar una fecha.

Alguien añadió una frase.

Una persona eliminó la frase porque ya aparecía en la página anterior.

Y otra volvió a escribirla porque le parecía importante.

El niño observó cómo el cursor se movía por la pantalla de un lado a otro.

—¿Consolidar significa que todos dejan de tocarlo?

—Significa reunir todos los cambios en una única versión.

—Pero todos siguen cambiándola.

—Sí.

—Entonces todavía no está consolidada.

El coordinador respiró hondo.

—Estamos en ello.

El niño sonrió.

Le gustaba aquella expresión.

Estamos en ello era una forma elegante de decir que algo todavía no estaba hecho sin tener que admitir que todavía no estaba hecho.

Pensó que el control de versiones debía de cansarse mucho: cada vez que conseguía poner algo en orden, alguien encontraba una coma con necesidades urgentes.

Lo que ocurría cuando alguien se equivocaba

En una esquina de la pantalla apareció un comentario:

«¿Podemos confirmar que este dato es correcto?»

Nadie sabía quién había escrito el dato.

Una persona pensaba que procedía de una reunión.

Otra recordaba haberlo visto en un correo.

Una tercera aseguraba que aparecía en un informe anterior.

Buscaron durante varios minutos.

El dato no estaba en la reunión, ni en el correo, ni en el informe.

—Lo eliminamos —decidió el coordinador.

—¿Y si era correcto? —preguntó alguien.

—No podemos demostrarlo.

—¿Y si después nos preguntan por qué lo hemos quitado?

El niño volvió a levantar la mano.

—Podéis decir que os habíais equivocado.

Los mayores se miraron.

Aquella posibilidad parecía haber entrado en la sala sin acreditación.

—No sabemos si era un error —aclaró la mujer—. Simplemente no podemos verificar la fuente.

—Entonces podéis decir que no lo sabéis.

El silencio fue esta vez un poco más largo.

El niño empezó a comprender que los mayores no tenían tantos problemas para corregir los documentos como para reconocer que no estaban seguros.

Por eso añadían palabras a los nombres de los archivos:

Final.

Definitivo.

Validado.

Aprobado.

Cada palabra parecía colocar una pequeña valla alrededor de la incertidumbre.

Aunque la incertidumbre seguía dentro.

Quizá por eso el control de versiones no empezaba en la carpeta, pensó.

Quizá empezaba cuando alguien se atrevía a decir qué sabía, qué no sabía y qué quedaba todavía por comprobar.

El extraño control de versiones de los mayores

Durante la pausa, el niño se acercó a la pantalla.

—¿Quién decide cuál es la versión buena?

—El responsable del entregable.

—¿Y quién es?

Tres personas señalaron a tres personas distintas.

El niño esperó.

Después, las tres comenzaron a explicar por qué la responsabilidad correspondía, en realidad, a otra.

Una coordinaba el paquete de trabajo.

Otra había redactado la mayor parte del documento.

La tercera debía revisar el contenido antes de enviarlo.

Todos participaban.

Nadie parecía ser del todo responsable.

Aquel control de versiones tenía muchas manos, pero ninguna parecía querer sostenerlo del todo.

El niño pensó en los trabajos de clase.

Cuando hacían un dibujo entre varios, siempre había alguien que guardaba la cartulina. No porque fuera más importante, sino porque, si cada uno se llevaba un trozo a casa, al día siguiente ya no tenían un dibujo.

—Quizá el problema no sean las versiones —dijo.

Los mayores dejaron de hablar.

—¿Entonces cuál es el problema?

El niño señaló la pantalla.

—Que todos pueden cambiar el documento, pero nadie sabe cuándo debe dejar de cambiarlo.

El coordinador miró la carpeta.

Luego miró a los demás.

—Necesitamos una única versión activa, una persona que consolide los cambios y una fecha de cierre —dijo.

Todos asintieron.

El niño no sabía si aquella idea era nueva o si llevaba toda la mañana escondida debajo de los archivos.

Cuando el control de versiones se parece a su nombre

Después de la pausa, establecieron algunas normas.

Solo habría un documento activo.

Una persona reuniría los comentarios.

Los demás podrían proponer cambios, pero no crearían nuevas copias.

Cada revisión tendría fecha.

Los archivos antiguos se guardarían en una carpeta separada.

Y cuando llegara la hora de cerrar el documento, nadie corregiría una coma sin avisar.

Al niño aquella última norma le pareció especialmente ambiciosa.

—¿Y si la coma está mal? —preguntó el hombre del café.

—Se anota para la siguiente revisión —respondió el coordinador.

El hombre miró la pantalla con la expresión de quien acababa de descubrir que también las comas debían respetar los procedimientos.

Durante un rato, el control de versiones empezó a parecerse a su nombre.

Había una versión.

Había control.

Y, por primera vez, ambas cosas estaban en el mismo sitio.

El niño escribió en su libreta:

Cuando todos pueden cambiar algo, alguien tiene que cuidar qué cambia, por qué cambia y cuándo deja de cambiar.

Después añadió debajo:

Esto también sirve para los planes de los mayores.

Pero esa frase no se la enseñó a nadie.

La versión que nadie quería borrar

Cuando empezaron a ordenar la carpeta, apareció un archivo llamado:

D3.2_bueno_de_verdad_NO_BORRAR.docx

—¿Este cuál es? —preguntó el coordinador.

Nadie lo sabía.

—Por el nombre parece importante —dijo alguien.

—También dice que no debemos borrarlo —añadió otra persona.

El niño observó el documento.

—¿Y si lo abrís?

Lo abrieron.

Era una versión de hacía cinco meses.

Le faltaban dos apartados, contenía cifras antiguas y tenía un comentario sin resolver que decía:

«Revisar esto antes de la versión final».

Los mayores se quedaron mirándolo.

—Podemos borrarlo —dijo el coordinador.

—Pero pone “no borrar”.

—Lo escribió alguien hace cinco meses.

—¿Quién?

Nadie lo sabía.

El niño pensó que los archivos antiguos se parecían un poco a ciertas normas de los mayores: nadie recordaba quién las había creado, pero todos temían ser la primera persona que dejara de obedecerlas.

Finalmente trasladaron el documento a una carpeta llamada:

ARCHIVO_VERSIONES_ANTIGUAS

El niño preguntó si aquella carpeta era definitiva.

Nadie se atrevió a contestar.

Un documento también necesita que alguien lo cuide

El control de versiones parecía un asunto técnico.

Pero el niño empezó a pensar que, en realidad, tenía mucho que ver con las personas.

Una versión se perdía porque alguien trabajaba sin avisar.

Otra nacía porque alguien tenía miedo de borrar.

Otra incorporaba cambios que nadie había explicado.

Otra se enviaba demasiado pronto porque todos pensaban que otra persona la revisaría.

Y otra seguía llamándose definitiva porque reconocer que no lo era resultaba más incómodo que añadir una palabra nueva al nombre.

No bastaba con tener una carpeta compartida.

No bastaba con poner fechas.

No bastaba con escribir FINAL en mayúsculas.

Un buen control de versiones necesitaba algo más sencillo y más difícil:

Que alguien asumiera la responsabilidad.

Que todos supieran dónde trabajar.

Que los cambios pudieran entenderse.

Que se conservara lo necesario sin convertir la carpeta en un museo de documentos casi iguales.

Y que nadie confundiera participar con modificar.

El niño lo resumió en su libreta:

Cuidar un documento es conseguir que todos puedan mejorarlo sin que deje de saberse cuál es.

Le pareció una definición bastante buena.

Decidió llamarla provisional.

El último archivo

Después de casi dos horas, consiguieron reunir todos los cambios.

El documento quedó revisado.

Comprobaron las cifras.

Aceptaron las correcciones.

Eliminaron los comentarios.

El coordinador guardó el archivo.

—¿Cómo lo llamamos? —preguntó.

Alguien propuso:

D3.2_FINAL_DEFINITIVO_VALIDADO.docx

Otra persona sugirió añadir la fecha.

Alguien quiso incorporar las iniciales del revisor.

El hombre del café pensó que convenía incluir la palabra submitted, aunque todavía no lo habían enviado.

El niño observó cómo empezaban a construir otro nombre largo para demostrar que aquella vez sí era la última.

—Podéis llamarlo D3.2 —dijo.

—Necesitamos identificar la versión.

—Entonces poned la fecha.

—También convendría indicar que está aprobado.

—¿Está aprobado?

—Todavía no. Falta que lo revise el coordinador general.

El niño inclinó la cabeza.

—Entonces no pongáis que está aprobado.

—Podríamos llamarlo versión final para revisión.

—Pero si es para revisión, todavía puede cambiar.

—Sí.

—Entonces no es final.

Nadie contestó.

El coordinador miró durante unos segundos el nombre del archivo y empezó a borrar palabras.

Dejó únicamente:

D3.2_v0.9_2026-08-04.docx

—¿Y por qué no es la versión uno? —preguntó el niño.

—Porque todavía puede cambiar.

El niño sonrió.

Por primera vez durante toda la mañana, el nombre del archivo decía la verdad.

Quizá el control de versiones no consistía en tener muchos archivos, pensó, sino en saber cuál de ellos decía la verdad y quién debía cuidarla.

Antes de salir, guardó la libreta en la mochila.

Había escrito una última frase debajo de la definición de «final»:

Todavía es una palabra más valiente que definitivo.

Y la subrayó dos veces.

Porque le pareció que, entre todos los documentos de aquella carpeta, era la única versión que no necesitaba ser corregida.


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