VANGUARD: tres años de proyecto. Ahora toca parar el camión

El proyecto VANGUARD llega a Murcia para comprobar qué ocurre cuando tres años de investigación sobre trata de seres humanos, tecnología, formación y cooperación europea abandonan las reuniones y tienen que funcionar delante de un camión.

—No puedo abrir el camión.

La conductora tenía una buena razón.

Transportaba lechugas.

Al menos eso decía la documentación.

Era un vehículo frigorífico detenido en Murcia, con unos treinta grados en el exterior. Abrir la carga en mitad de un control no era una decisión menor. Romper la cadena de frío podía echar a perder parte de la mercancía y provocar un perjuicio económico importante para la empresa.

Y una decisión así también podía terminar generando responsabilidades para quien la hubiera ordenado.

Su jefe, explicó la conductora, había sido bastante claro: bajo ningún concepto debía abrir aquel camión.

El policía tenía delante uno de esos problemas que resultan mucho más sencillos cuando se observan desde una presentación de PowerPoint.

En la carretera había que decidir.

Detrás de la lona viajaban ocho personas que simulaban ser víctimas de trata con fines de explotación laboral en Murcia.

Por suerte, aquella mañana eran policías locales que habían aceptado pasar un buen rato escondidos dentro de un camión para hacer posible el escenario.

Era una simulación.

Pero la decisión que estábamos poniendo a prueba podía ser perfectamente real.

Y precisamente de eso se trataba.

Piloto VANGUARD en Murcia con un control policial de un camión y tecnologías contra la trata de seres humanos.

Tres años para llegar detrás de una lona

El proyecto VANGUARD comenzó en noviembre de 2023.

Veintidós organizaciones de doce países se reunieron en Tesalónica para iniciar un proyecto Horizon Europe dedicado a mejorar nuestra capacidad para comprender, prevenir, detectar e investigar la trata de seres humanos, especialmente con fines de explotación sexual, laboral y criminalidad forzada.

El proyecto termina el 31 de octubre de 2026.

Entre una fecha y otra caben casi tres años de trabajo, cerca de cinco millones de euros de investigación y muchas personas intentando que policías, guardias de fronteras, universidades, centros tecnológicos, empresas, organizaciones sociales e investigadores trabajen sobre un mismo problema.

Es fácil quedarse con la parte más vistosa.

Inteligencia artificial.

Reconocimiento facial.

Cámaras térmicas.

Realidad virtual.

Análisis de información online.

Un sistema capaz de detectar presencia humana detrás de determinados materiales.

Todo eso existe.

Pero VANGUARD no empezó preguntándose qué aparato podía construir.

Empezó intentando comprender mejor el problema.

Y esa diferencia importa.

Antes de desarrollar una herramienta hay que entender a quién persigue y a quién pretende ayudar

La trata de seres humanos no empieza necesariamente cuando alguien cruza una frontera escondido en un vehículo.

Puede empezar mucho antes.

En una falsa oferta de trabajo.

En una conversación por una red social.

En una relación utilizada para generar dependencia.

En una deuda.

En una promesa.

En una situación de vulnerabilidad que otra persona sabe aprovechar.

Vivimos además en un mundo en el que lo online y lo offline dejaron hace tiempo de ser dos realidades separadas.

Una persona puede ser captada mediante una oferta falsa o una relación engañosa a miles de kilómetros y terminar siendo explotada en un piso de Murcia, en una explotación agrícola de cualquier municipio cercano o en cualquier otro lugar de Europa.

Por eso durante VANGUARD ha habido investigadores intentando conocer no solo cómo se detecta una situación de trata, sino cómo se construye.

La investigación desarrollada dentro del proyecto ha combinado una extensa revisión científica con entrevistas a supervivientes, autores, policías, agentes de fronteras, responsables públicos, organizaciones sociales y especialistas.

Uno de los trabajos presentados durante el proyecto se apoya en más de 220 fuentes y 67 entrevistas en profundidad.

Hay algo de ese enfoque que me parece especialmente importante.

Escuchar a una superviviente no solo para preguntarle qué necesita después.

Escucharla también porque sabe cosas que probablemente nosotros no sabemos.

Cómo fue captada.

Qué señales no vimos.

Qué consiguió que confiara.

Qué le impedía pedir ayuda.

Qué hizo el tratante para mantener el control.

También se ha estudiado la otra parte.

Los autores.

Sus motivaciones.

Sus métodos.

Sus estrategias de manipulación.

Incluso situaciones mucho más incómodas de explicar, donde las fronteras entre vulnerabilidad, captación, victimización y participación posterior dentro de una estructura criminal pueden llegar a ser más complejas de lo que nos gustaría.

La realidad suele tener esa mala costumbre.

No siempre cabe bien en nuestras casillas.

Lisboa, Iași y Estonia: aprender antes de llegar a Murcia

Murcia no era la primera vez que VANGUARD se enfrentaba a usuarios reales.

En Lisboa se puso a prueba la detección y el análisis de anuncios online que podían contener indicadores relacionados con posibles situaciones de trata, especialmente vinculadas a explotación sexual.

No se trataba simplemente de comprobar que una aplicación encontraba información.

Había que saber si aquello encajaba en un flujo de investigación real, qué podía aportar al trabajo cotidiano y qué debía modificarse.

Después llegó Iași, en Rumanía.

Y cambió el escenario.

Un aeropuerto.

Policías y guardias fronterizos.

Seguimiento mediante cámaras.

Reconocimiento y reidentificación de personas.

Análisis de expresión facial.

Postura corporal.

Señal térmica.

Evaluación de riesgos.

Formación mediante realidad virtual.

Más de veinte usuarios finales probaron allí una nueva versión del ToolSuite y aportaron sus valoraciones.

En julio llegó Estonia.

Esta vez no hubo aeropuerto ni control de carretera.

El tercer piloto se desarrolló completamente online bajo el liderazgo de la Policía y Guardia de Fronteras de Estonia.

Más de treinta participantes, entre ellos veinte usuarios finales pertenecientes a autoridades policiales y de frontera, probaron una nueva versión de las herramientas.

El escenario volvía a situarnos en la dimensión digital: adquisición de contenidos publicados online, análisis de texto, identificación de entidades de interés, análisis de imágenes —incluidos tatuajes o marcas corporales—, geolocalización, evaluación de riesgos y herramientas de analítica predictiva.

Pero aquella jornada añadía algo especialmente importante.

No todo consistía en encontrar información.

También había que conseguir que esa información pudiera compartirse y convertirse en cooperación.

Por eso se presentó también una plataforma orientada a conectar a fuerzas policiales y de frontera, organizaciones sociales y supervivientes, facilitando el intercambio seguro de conocimiento y una respuesta más coordinada.

Porque una red criminal puede cruzar fronteras con bastante facilidad.

La investigación que intenta detenerla no debería quedarse encerrada dentro de ellas.

Cada piloto añadía algo.

También obligaba a cambiar algo.

Porque para eso debería servir un piloto.

No para organizar una demostración en la que ya sabemos que todo va a salir bien.

Sino para descubrir qué ocurre cuando dejamos que la realidad empiece a hacer preguntas.

De eso hablábamos también en La silla que faltaba: incorporar a quienes van a utilizar una solución antes de que todo esté decidido suele resultar bastante más sencillo que intentar adaptar después el proyecto a la realidad.

El día anterior parecía que no avanzábamos

El 29 de septiembre llegamos al HUB del Cuartel de Artillería de Murcia con buena parte del trabajo organizativo ya realizado.

Espacios preparados.

Fondos de pantalla.

Logos.

Agenda.

Comidas.

Cafés.

Escenarios.

Personal.

Equipo técnico.

Y una instalación audiovisual que permitía hacer bastante más que proyectar una presentación.

Una de las pantallas medía cerca de veinte metros de longitud.

El otro espacio disponía de una composición prácticamente envolvente, con imagen detrás, a los lados y sobre el escenario.

Sobre el papel, todo estaba preparado.

Después llegaron los ordenadores.

Y los socios.

Y los cables.

Y las conexiones.

Y las cámaras.

Y las diferentes versiones de software.

Cada equipo se sentó delante de su portátil y empezó a comprobar su parte.

Desde fuera, durante algunas horas, tuve la sensación de que no avanzábamos.

La agenda decía una cosa.

La realidad iba a otra velocidad.

Pero una persona probaba su aplicación.

Otra conectaba una cámara.

Otra comprobaba el acceso a una plataforma.

Otra necesitaba comunicarse con un sistema diferente.

Aparecieron incidencias. Tuvo que intervenir también el equipo informático del Ayuntamiento para ayudarnos a resolver alguna de ellas.

Poco a poco aquello empezó a encajar.

Mirándolo después, quizá sí estábamos avanzando.

Solo que muchas piezas avanzando por separado se parecen bastante al caos hasta el momento en que consiguen hablar entre ellas.

El corazón no estaba en las pantallas

Nada de aquello empieza el día del piloto.

Mucho antes hay propuestas que leer, reuniones que preparar, socios a los que responder, documentos, agendas, viajes, incidencias, justificaciones y una cantidad considerable de trabajo que nunca aparece en las fotografías.

En nuestro caso, buena parte de ese trabajo pasa por el Departamento de Programas Europeos de la Policía Local de Murcia.

Y ahí está, probablemente, el verdadero corazón de todo esto.

Contar con un equipo implicado, comprometido y extraordinariamente profesional permite sostener durante años la parte menos visible de un proyecto europeo.

Las tecnologías llaman la atención.

Los pilotos generan imágenes.

Pero detrás hay personas que llevan meses —a veces años— haciendo que todo avance.

A ese trabajo se suma después el de muchos compañeros de la Policía Local de Murcia que, cuando llega el momento, hacen posible el escenario: conductores, víctimas simuladas, entrevistadores, operadores, apoyo logístico, compañeros que se meten dentro de un camión o que repiten una prueba a última hora de la tarde porque todavía queda algo que aprender.

Tenemos la suerte de contar con profesionales extraordinarios.

Y ninguna tecnología compensa la falta de personas así.

Murcia no era solamente el sitio donde poner las mesas

Siempre que podemos intentamos que los proyectos europeos en los que participamos hagan también alguno de sus pilotos en Murcia.

Hay una razón operativa.

Nuestro municipio combina entorno urbano y rural, pedanías, importantes vías de comunicación, actividad agrícola, infraestructuras y escenarios potenciales de emergencia. Incluso las condiciones ambientales pueden convertirse en una variable más de la prueba.

Pero hay también una razón estratégica.

Queremos que quienes trabajan con nosotros conozcan Murcia.

Que universidades, centros de investigación, empresas, policías y organizaciones de otros países descubran que aquí se pueden organizar pruebas europeas complejas.

Y que se pueden organizar bien.

Un piloto no solo nos permite aprender nosotros.

También permite que Murcia se convierta en un lugar donde Europa investiga, prueba, corrige y mejora.

VANGUARD en Murcia: el HUB se convirtió en un pequeño laboratorio vivo

El 30 de septiembre llegaron los invitados.

Representantes de ONG.

Profesionales.

Otros cuerpos policiales.

Socios del proyecto.

Personas interesadas en conocer qué habíamos estado desarrollando.

Entre las organizaciones presentes había entidades como Murcia Acoge, Columbares o Teléfono de la Esperanza.

El concejal de Seguridad Ciudadana y Emergencias del Ayuntamiento de Murcia, Fulgencio Perona, realizó la apertura.

Y comenzó el piloto.

La realización audiovisual fue parte importante de la experiencia.

Uno de los policías que intervenía en el exterior llevaba una cámara corporal.

Había además una cámara siguiendo los escenarios.

Las imágenes de lo que estaba sucediendo con el camión y la furgoneta llegaban en tiempo real a las enormes pantallas del interior.

Los asistentes podían mirar por una ventana y observar parte del dispositivo.

O levantar la vista y verlo en gran formato.

También había conexiones online, presentaciones, sonido, micrófonos y una cámara en la propia sala que permitía seguir la actividad desde otra perspectiva.

Incluso comenzamos las presentaciones con un micrófono acolchado que se lanzaba de una persona a otra.

No todo en Europa tiene que empezar leyendo el orden del día.

Para que aquella infraestructura funcionara contamos con Audiovisuales Murcia.

Cámaras, realización, sonido, conexiones, pantallas y muchas cosas que pasan desapercibidas precisamente cuando quien las gestiona hace bien su trabajo.

Y lo hicieron muy bien.

Escenario 1: el camión de las lechugas

Volvamos al camión.

Ocho personas permanecían ocultas detrás de la lona.

En el escenario representaban a víctimas de trata trasladadas hasta Murcia para ser explotadas laboralmente.

La conductora sostenía que transportaba lechugas.

Y se negaba a abrir.

Su argumento no era absurdo.

Romper la cadena de frío, con unos treinta grados en el exterior, podía provocar pérdidas importantes.

Un agente que se encontrara realmente ante esa situación tendría que valorar los indicios disponibles antes de adoptar una decisión con consecuencias.

Aquí entraba en juego una de las tecnologías desarrolladas dentro de VANGUARD.

Desde Polonia había llegado un equipo desarrollado por el Institute of Optoelectronics de la Military University of Technology de Varsovia.

Un dispositivo de unos treinta kilos basado en imagen terahercio y destinado a detectar presencia humana detrás de determinados materiales.

La pantalla no mostraba una fotografía perfecta.

Sobre un fondo negro aparecían ondas blancas.

Pero aquellas ondas se movían.

Una se agachaba.

Otra levantaba los brazos.

Detrás de la lona había algo con forma y comportamiento humano.

Y eso cambiaba la conversación.

El equipo funcionó.

Pero también apareció Murcia.

Treinta grados.

Un camión que llevaba horas expuesto al exterior.

Un dispositivo sensible a las condiciones en las que estaba trabajando.

A medida que avanzó la mañana y aumentó la temperatura, la definición ya no era exactamente la misma que al principio.

No creo que sea justo contar aquello como un fracaso.

Al contrario.

Durante casi tres años, uno de los equipos de VANGUARD había investigado y desarrollado esa tecnología y, de repente, buena parte de ese trabajo tenía que demostrar su utilidad en una mañana, delante de un camión real, en Murcia y a treinta grados.

En cierto modo, se estaban jugando tres años de investigación en unas horas.

El sistema detectó la presencia humana.

Y las condiciones ambientales añadieron información que sus desarrolladores podrán tener en cuenta.

Para eso se hacen los pilotos.

La realidad no pregunta cuánto tiempo tardaste en desarrollar una tecnología.

La somete a calor.

A ruido.

A personas.

A decisiones.

A imprevistos.

Y observa qué ocurre.

Escenario 2: una historia que no terminaba de encajar

En la furgoneta viajaban dos personas.

Un conductor que interpretaba al presunto autor.

Y una mujer que representaba a una superviviente de explotación sexual.

Al detener el vehículo aparecieron elementos que hicieron que la historia necesitara algo más de atención.

Lesiones.

Hematomas.

Explicaciones que no terminaban de encajar.

No hacía falta que una máquina dijera: «aquí hay una víctima».

Hacía falta que un policía supiera observar.

Preguntar.

Separar.

Escuchar.

La mujer fue llevada a un espacio tranquilo para continuar la entrevista lejos del conductor.

Y entonces comenzó una de las partes más llamativas del piloto.

La pantalla no decía «está mintiendo»

Mientras se desarrollaba la entrevista, varias herramientas analizaban diferentes señales.

Expresión facial.

Cambios térmicos en el rostro.

Postura corporal.

En una de las enormes pantallas del HUB podían seguirse en tiempo real los indicadores y su evolución durante la conversación.

El efecto visual era impresionante.

Uno podía mirar hacia la entrevista y, después, hacia la pantalla.

Observar que en determinado momento aparecía una variación.

Un cambio postural.

Una señal térmica.

Un pico asociado a una determinada expresión.

Pero hay algo que merece explicarse con claridad.

Aquello no era un detector de mentiras.

La tecnología no decía al policía que aquella persona estaba engañándole.

Tampoco decidía que era una víctima.

Ofrecía indicadores.

Momentos que podían merecer una atención especial.

Si durante una respuesta aparecía un cambio relevante, el entrevistador podía valorar si convenía reformular la pregunta, profundizar en ese momento o explorar otra línea.

Los resultados eran probabilísticos.

La entrevista seguía siendo del profesional.

La valoración seguía siendo del profesional.

La decisión seguía siendo del profesional.

Además, tecnologías como estas no pueden analizarse al margen de las garantías. VANGUARD ha trabajado también su encaje con la Carta de Derechos Fundamentales, el Reglamento General de Protección de Datos, la Directiva de protección de datos en el ámbito policial y el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial.

Para mí, esa es la conversación interesante sobre IA.

No si sustituirá mañana a un policía.

Sino si puede ofrecerle información adicional sin hacerle olvidar que continúa siendo él quien tiene que pensar.

Tres estaciones para algo que iba mucho más allá del control

Dentro del HUB habíamos organizado tres estaciones.

La primera estaba dedicada a la realidad virtual desarrollada dentro de VANGUARD.

VANGUARD ha desarrollado experiencias inmersivas para formar a profesionales ante escenarios relacionados con la trata.

En Murcia probamos dos.

Una recreaba un control en carretera.

La otra, una intervención en un aeropuerto.

Quien se coloca las gafas deja de observar desde fuera y tiene que tomar decisiones.

Pregunta.

Elige.

Avanza por un camino u otro.

Y observa las consecuencias.

Las dos experiencias fueron probadas por los socios durante la jornada y funcionaron especialmente bien.

Ese componente formativo importa porque combatir la trata no consiste únicamente en añadir herramientas.

También hay que aprender a reconocer señales que antes podían pasar inadvertidas.

La segunda estación era la entrevista posterior al control.

Allí convergían varios de los análisis que acabábamos de ver: facial, térmico y postural.

Y la tercera estaba dedicada al reconocimiento facial.

Se habían registrado previamente determinadas personas como sujetos de interés y el sistema debía identificarlas.

Después de la primera ronda quisimos complicarlo.

Pero volveremos a eso.

También hay una trata que cabe en una pantalla

Después de comer llegó la parte online de VANGUARD.

Porque VANGUARD ha intentado unir durante estos tres años dos mundos que en realidad nunca estuvieron tan separados como a veces pensamos.

La persona que aparece en una furgoneta puede haber sido captada mucho antes desde un teléfono.

Una falsa oferta laboral puede cruzar fronteras sin que lo haga todavía ninguna víctima.

Un anuncio puede ocultar información relevante.

Una ONG puede recibir datos que después necesiten llegar de manera segura a una policía.

ToolSuite reúne distintas capacidades desarrolladas durante el proyecto para trabajar tanto con información procedente de entornos online como con datos generados en escenarios físicos.

Durante la demostración explicamos también cómo una superviviente podría decidir comunicarse inicialmente a través de una organización en la que confía y cómo esa organización podría servir de puente para que determinada información llegara posteriormente a las autoridades.

No todo empieza presentando una denuncia en una comisaría.

A veces el primer paso consiste simplemente en encontrar a alguien con quien atreverse a hablar.

RED FLAG: aprender a reconocer antes de tener que investigar

Una de las herramientas que más interés despertó entre los medios fue RED FLAG.

No es una herramienta policial.

Y eso también me gusta.

Es una experiencia online de sensibilización que intenta que quien participa aprenda a reconocer indicadores relacionados con la trata de seres humanos.

Plantea distintos recorridos, personas, decisiones y contextos que inicialmente pueden parecer normales y que poco a poco empiezan a mostrar señales que deberían hacernos detenernos.

Uno de esos recorridos permite observar cómo una persona inicialmente vulnerable puede terminar absorbida por una estructura criminal y desempeñando después otro papel dentro de ella.

Eso no significa que todo autor sea una víctima.

Significa algo bastante más incómodo: que las trayectorias humanas pueden ser más complejas que las etiquetas con las que intentamos ordenarlas.

RED FLAG obliga a detenerse ante señales que, vistas por separado, quizá pasarían desapercibidas.

Y eso devuelve VANGUARD a su punto de partida.

Comprender.

No únicamente detectar.

La apuesta por la formación tampoco termina ahí. El serious game de realidad virtual y RED FLAG han sido presentados ante CEPOL para explorar posibles vías de aprovechamiento futuro dentro de la formación y sensibilización en materia de trata.

A las cinco de la tarde ya no había que impresionar a nadie

La jornada había salido bien.

Los escenarios habían funcionado.

Las estaciones habían sido recorridas.

Las herramientas desarrolladas en VANGUARD habían sido probadas.

Buena parte de quienes habían acudido a conocer el piloto empezó a marcharse.

Eran cerca de las cinco de la tarde.

Podíamos haber terminado.

Pero volvimos a empezar.

Repetimos prácticamente todo el circuito.

Esta vez sin el dispositivo polaco.

Volvimos a realizar las entrevistas.

Volvimos a utilizar el reconocimiento facial.

Y empezamos a poner las cosas algo más difíciles.

Gafas de sol.

Mascarillas cubriendo buena parte del rostro.

Nuevas condiciones para comprobar hasta dónde podían responder las herramientas.

El sistema de reconocimiento facial consiguió identificar, dentro de aquel escenario controlado, a las personas que previamente habíamos registrado como de interés incluso cuando incorporamos esas dificultades.

Por la mañana queríamos saber si funcionaba.

Por la tarde empezábamos a preguntarnos hasta dónde.

Hay algo que me gusta especialmente de aquella segunda ronda.

Buena parte del público ya no estaba allí.

No había que hacer una foto.

No había que demostrar nada a un invitado.

Seguíamos probando porque todavía podíamos aprender algo.

Quizá esa sea una de las mejores definiciones de un piloto.

Veintidós logos todavía no forman un consorcio

Hay otra parte de VANGUARD que no aparece dentro de ToolSuite.

La coordinación.

Cuando recuerdo la reunión inicial de Tesalónica parece que fue hace mucho menos de tres años.

Ya entonces tuve una buena sensación.

El consorcio parecía sólido.

Y la coordinación, especialmente capaz de gestionar algo que no era precisamente sencillo.

Veintidós organizaciones.

Doce países.

Policías.

Universidades.

Investigadores.

Tecnólogos.

Empresas.

Organizaciones sociales.

Cada uno con sus procedimientos.

Sus tiempos.

Sus prioridades.

Sus horarios.

Y, por supuesto, su propia forma de entender lo que significa que algo es «urgente».

Europa también consiste bastante en eso.

Conseguir que organizaciones diferentes dejen durante un rato de ser organizaciones diferentes y trabajen sobre un mismo problema.

No siempre sucede.

En VANGUARD, en buena medida, sí.

Y esa coordinación explica también que tres años después pudiéramos tener en Murcia a tantas personas trabajando sobre un mismo escenario sin que aquello terminara pareciendo una feria de tecnologías independientes.

Había un hilo.

Investigación.

Desarrollo.

Formación.

Pilotos.

Evaluación.

Mejora.

Un consorcio europeo no lo forman los logotipos que aparecen al final de una presentación.

Lo forman las personas que consiguen que todos esos logotipos terminen trabajando juntos.

Cuando una ciudad deja de ser solamente anfitriona

Nos gusta traer pilotos europeos a Murcia.

Y queremos seguir haciéndolo.

No para llenar agendas de reuniones internacionales.

Ni para poder colocar otro logotipo en una pantalla.

Sino porque un piloto trae conocimiento.

Pone a nuestros profesionales delante de nuevas herramientas.

Obliga a nuestros compañeros a explicar cómo trabajan.

Permite comparar procedimientos.

Hace preguntas.

Y muestra también a quienes vienen de fuera lo que somos capaces de organizar aquí.

Durante el piloto de VANGUARD, Murcia no fue únicamente la ciudad donde se celebró una actividad.

Formó parte de la actividad.

Sus policías.

Su Departamento de Programas Europeos.

Sus espacios.

Sus condiciones ambientales.

Sus organizaciones sociales.

Su equipo técnico.

Incluso sus treinta grados a finales de septiembre.

Todo entró en la prueba.

Eso también es innovación.

Después del camión

VANGUARD termina el 31 de octubre.

Queda todavía una reunión final en Atenas.

Quedarán informes.

Conclusiones.

Evaluaciones.

Publicaciones.

Y la pregunta que inevitablemente aparece al final de cualquier proyecto europeo:

¿Qué permanece?

Hace unos días escribía en Europa sin atril que un ciudadano no tendría que saber cómo se llama un proyecto para que ese proyecto le sirva.

También escribía que la presentación puede terminar con aplausos, pero el mantenimiento empieza cuando ya se han ido los invitados.

Tres días después estábamos en Murcia.

Los invitados se fueron.

Y nosotros volvimos a probar.

Creo que hay algo ahí que merece conservarse.

No sé cuáles de todas las herramientas desarrolladas por VANGUARD terminarán utilizándose dentro de unos años.

Ni cuáles necesitarán seguir evolucionando.

Ni cuáles descubrirán otros límites cuando abandonen definitivamente el entorno de un proyecto de investigación.

Eso también forma parte de investigar.

Pero sí sé algo.

Durante casi tres años, VANGUARD reunió a supervivientes contando experiencias difíciles.

Investigadores intentando comprenderlas.

Profesionales explicando qué necesitan.

Tecnólogos intentando convertir esas necesidades en herramientas.

Policías probándolas.

Personas corrigiendo.

Socios volviendo a empezar.

Y una coordinación intentando que todo aquello terminara encontrándose en el mismo sitio.

El 30 de septiembre, durante unas horas, ocurrió.

Había un camión frigorífico detenido en Murcia.

Fuera hacía unos treinta grados.

La conductora decía que transportaba lechugas.

Detrás de la lona había ocho personas.

Por suerte, aquella vez eran parte de una simulación.

Fuera de un piloto, algún día puede que no haya guion.

Por eso quizá merecía la pena haber hecho todo lo anterior.

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