Hay ciudades a las que uno llega por primera vez y descubre que, de alguna manera, ya había estado allí.
A mí me ocurrió en Gdańsk.
Allí terminé entendiendo algo que pocas veces aparece cuando hablamos de reputación en proyectos europeos: a veces tu trabajo llega a una ciudad mucho antes que tú.
Fue durante una pausa para el café, al pie del escenario donde acabábamos de participar en una conferencia europea sobre seguridad urbana y policías municipales.
Me acerqué, acompañado por dos comisarios de la Policía Local de Murcia, a saludar al comandante de la Policía Municipal de Gdańsk, Leszek Walczak.
Queríamos agradecerle el trato que nos estaban dando, felicitarle por el 35.º aniversario de su cuerpo y disculpar que nuestro Comisario General Jefe no hubiera podido acompañarnos.
Y, por supuesto, invitarle a Murcia.
Le dijimos que sería un placer recibirle y que nos gustaría estrechar la relación entre ambas policías.
Entonces llegó la sorpresa.
Nos explicó que nunca había estado en Murcia.
Pero que había oído hablar mucho de nosotros.
En Bruselas. En otros países. En encuentros europeos.
De nuestros proyectos. De los pilotos que organizábamos. Del trabajo de la Policía Local de Murcia en programas europeos.
En esencia, me dijo algo que todavía recuerdo: allá donde iba aparecía el nombre de Murcia y se hablaba del buen trabajo que estábamos haciendo.
Yo había llegado a Gdańsk dos días antes.
Murcia, por lo visto, llevaba bastante más tiempo allí.
Aquella conversación acabaría haciéndome pensar en algo que pocas veces medimos de verdad: la reputación.

Un indicador que no aparece en ningún Excel
La primera reacción fue de sorpresa.
La segunda, bastante más difícil de disimular, fue de satisfacción.
Cuando terminó la conversación, uno de los comisarios que estaba conmigo me soltó una de esas frases que solo funcionan cuando vienen de alguien que sabe lo que hay detrás:
Con comentarios así no deberías caber en el uniforme.
Exageraba, claro.
Aunque no demasiado.
Porque hay reconocimientos que no vienen acompañados de una placa, un diploma o una fotografía.
Que alguien hable bien de tu organización cuando tú no estás delante es probablemente uno de ellos.
Y quizá uno de los más difíciles de conseguir.
En los proyectos europeos hablamos mucho de indicadores —los famosos KPI, por sus siglas en inglés— para intentar medir si estamos consiguiendo lo que prometimos.
Número de personas formadas.
Eventos celebrados.
Herramientas desarrolladas.
Pilotos realizados.
Pero hay cosas mucho más difíciles de meter en una hoja de cálculo.
Por ejemplo:
cuántas veces alguien habla bien de tu organización cuando tú no estás delante.
No puedes escribir fácilmente en una propuesta:
Indicador: número de veces que alguien hablará bien de nosotros en otro país dentro de tres años.
Aunque, pensándolo bien, no sería el peor indicador que he visto en un proyecto europeo.
Cómo se construye la reputación en proyectos europeos
Durante años tendemos a medir los proyectos europeos de una manera bastante previsible.
Presupuesto ejecutado.
Entregables presentados.
Reuniones celebradas.
Personas formadas.
Pilotos realizados.
Indicadores cumplidos.
Todo eso importa.
Pero existe otro resultado que rara vez aparece en los informes.
La reputación.
Ya había escrito que un proyecto europeo no lo hace un logo: lo hacen las personas. La confianza y la reputación se construyen precisamente después, en ese trabajo diario.
La reputación en proyectos europeos se construye de una manera mucho menos sofisticada de lo que a veces imaginamos.
Contestando cuando toca.
Llegando a los plazos.
Diciendo la verdad cuando algo no funciona.
Compartiendo información.
Ayudando a otro socio aunque esa tarea no aparezca exactamente en tu descripción de trabajo.
Organizando un piloto pensando también en quien viene de fuera.
Intentando que la gente se vaya de tu ciudad pensando que ha merecido la pena venir.
Cumpliendo.
Y, cuando se puede, haciendo un poco más de lo estrictamente necesario.
No hay demasiada magia.
Hay bastante sentido común.
Y años.
Y también explica por qué, cuando llega el fin de un proyecto europeo, pueden terminar la financiación y los entregables sin que necesariamente terminen las relaciones, el aprendizaje o la reputación.
Policías diferentes. Problemas sorprendentemente parecidos
Habíamos llegado a Gdańsk para participar, del 22 al 24 de septiembre, en un encuentro de EU-POLNET, la red europea de policías locales que funciona en el marco del European Forum for Urban Security.
La conferencia coincidía además con el 35.º aniversario de la Policía Municipal de Gdańsk.
Mi intervención formaba parte de una mesa sobre competencias, retos y expectativas ciudadanas de las policías municipales en Europa.
Francia, Grecia, Letonia, España.
Modelos policiales diferentes.
Uniformes diferentes.
Competencias diferentes.
Y, cuando empiezas a hablar, problemas sorprendentemente parecidos.
Quise que mi presentación fuese precisamente eso: práctica.
Nada de explicar durante veinte minutos un organigrama que nadie recordaría cinco minutos después.
Hablamos de proyectos europeos, sí, pero sobre todo de para qué pueden servir a un cuerpo policial.
También a uno pequeño.
Especialmente a uno pequeño.
Porque participar en Europa no consiste necesariamente en tener una oficina enorme en Bruselas o veinte personas dedicadas a preparar propuestas.
Y es que los proyectos europeos no son solo financiación. También pueden significar conocimiento, contactos, nuevas capacidades y acceso a experiencias que difícilmente construirías solo.
Consiste muchas veces en identificar bien un problema, encontrar a quienes están intentando resolverlo y tener algo útil que aportar.
Y expliqué también una idea muy sencilla.
Al ciudadano que tiene un problema le importa bastante poco si quien aparece lleva el uniforme azul, verde, rojo o cualquier combinación disponible en el catálogo.
Quiere una respuesta.
Aquello gustó.
Probablemente porque todos los que trabajamos en seguridad local sabemos que, cuando aparece un problema real, las fronteras administrativas son bastante menos interesantes que encontrar una solución.
Empezar en polaco
Hay algo que intento hacer siempre que viajo fuera.
Aunque sean unas palabras.
Aunque tenga que practicarlas veinte veces.
Aunque probablemente mi pronunciación provoque algún daño menor al idioma de destino.
Empecé mi intervención dando las gracias en polaco.
No cambia el contenido de una presentación.
Pero sí cambia algo en la relación con quien tienes delante.
Siempre he pensado que intentar hablar unas palabras en el idioma de quien te recibe es una pequeña forma de respeto.
Y Europa, al final, también se construye con esas pequeñas cosas.
Con intentar comprender antes de pedir que te comprendan.
Ese respeto por las pequeñas cosas estaba también muy presente en la forma en que Gdańsk celebraba su propia historia.
Treinta y cinco años
El aniversario de la Policía Municipal de Gdańsk tuvo la solemnidad que merecía.
Hubo reconocimientos, medallas, ascensos y nuevos agentes que prestaron juramento.
Y hubo también historia.
Fuera aparecieron incluso agentes vestidos con uniformes históricos, una imagen que parecía conectar por unos minutos la seguridad de la ciudad de hoy con la de otros siglos.
Dentro, policías municipales de diferentes lugares de Polonia y de Europa compartíamos problemas que entonces habrían resultado bastante difíciles de explicar.
Inteligencia artificial.
Drones.
Delitos de odio.
Crimen organizado.
Protección del espacio público.
Cooperación internacional.
Algunos problemas cambian bastante.
Otros, quizá, no tanto.
Una moneda y unas palabras
Durante la ceremonia recibí también un reconocimiento de la Policía Municipal de Gdańsk.
Era nominativo.
En el interior podía leerse:
«En señal de reconocimiento y gratitud por la cooperación, la confianza y el cordial apoyo, con deseos de prosperidad y éxitos en la vida profesional y personal».
Junto a él, una moneda conmemorativa.
En una de sus caras aparece la Policía Municipal de Gdańsk y la referencia a su servicio a la ciudad desde 1991.
En la otra, una frase en latín:
Nec temere, nec timide.
Ni con temeridad ni con timidez.
Me gusta.
Porque también podría servir para muchas otras cosas.
Incluso para trabajar en proyectos europeos.
Pero una policía no se conoce solo durante un acto solemne. Para entenderla un poco mejor había que salir del escenario.
Leoś
La visita a su cuartel general nos permitió además conocer algo que ningún PowerPoint habría explicado igual.
Su trabajo de proximidad.
La patrulla ecológica.
La prevención.
La relación con los vecinos.
Y a Leoś.
Leoś es un enorme león vestido de policía municipal.
La mascota del cuerpo.
Lo utilizan en actividades con niños, actos públicos y otras iniciativas de proximidad.
Durante nuestra visita descubrimos también uno de los grandes secretos de cualquier mascota institucional: dentro tiene que haber alguien.
En aquella ocasión era uno de los agentes que acababa de incorporarse.
Europa también consiste, de vez en cuando, en hablar de cooperación policial internacional mientras tienes dos cabezas gigantes de león observándote desde lo alto de un armario.
Y después estaban las pequeñas historias de la ciudad, esas que no aparecen en el programa pero acaban formando parte del viaje.
El puente que decide cuándo puedes cenar
Gdańsk nos dejó muchas otras pequeñas escenas.
Una ciudad preciosa, muy cuidada, llena de historia y con una sensación de seguridad que se percibe caminando por sus calles.
Una noche nos invitaron a cenar al otro lado del río.
Para llegar había que cruzar uno de sus puentes móviles.
Llegamos justo cuando decidió que nuestra cena podía esperar.
El puente se abre y se cierra siguiendo sus horarios para permitir el paso de embarcaciones.
Había que esperar unos quince minutos.
No había barco.
Nosotros mirábamos el hueco.
El hueco nos miraba a nosotros.
Y Europa siguió funcionando perfectamente sin nuestra cena durante ese cuarto de hora.
También eso forma parte de viajar.
Las conversaciones que no aparecen en el programa
Pero probablemente lo más interesante volvió a ocurrir fuera del escenario.
Conversaciones con responsables policiales de distintas ciudades polacas.
Con policías de Francia, Italia, Grecia, Letonia o España.
Con profesionales de la sociología, la psicología, la filosofía y otras disciplinas que trabajan junto al Ayuntamiento de Gdańsk.
Con la eurodiputada Magdalena Adamowicz sobre cuestiones relacionadas con el discurso de odio y la seguridad pública.
Incluso hubo tiempo para descubrir que con el responsable de otra policía compartía una afición bastante menos europea: las Harley-Davidson.
Tenía dos.
Customizadas.
A partir de ahí la cooperación internacional estuvo seriamente amenazada por una conversación sobre motos.
Y, entre café y café, ocurrió otra cosa que empieza a resultarme familiar.
Personas que se acercan.
«Estamos preparando un proyecto sobre…»
Drones.
Crimen organizado.
Vertidos.
Delitos de odio.
Ideas en diferentes estados de madurez.
Invitaciones.
Posibles colaboraciones.
Nuevas conversaciones.
Ninguna garantiza un proyecto.
Ni debería.
Pero todas demuestran algo.
Cuando llevas tiempo trabajando en una red, dejas de buscar únicamente convocatorias.
Empiezan a encontrarte también las conversaciones.
Casi siete años antes
En febrero de 2027 se cumplirán siete años desde que comenzamos a construir en la Policía Local de Murcia un departamento dedicado a proyectos europeos.
Febrero de 2020.
Pocas semanas después llegó una pandemia mundial.
No parecía exactamente el mejor momento para empezar una estructura basada, entre otras cosas, en viajar, reunirse y cooperar internacionalmente.
La realidad tuvo cierto sentido del humor.
Desde entonces ha habido proyectos aprobados y proyectos perdidos.
Viajes.
Pilotos.
Propuestas que salieron adelante y otras que se quedaron por el camino.
Reuniones magníficas.
Y reuniones que probablemente podrían haber sido un correo electrónico.
También errores.
Mucho aprendizaje.
Y una convicción que ha ido creciendo con los años.
Los proyectos importan.
Pero las personas que quedan después importan todavía más.
Con el tiempo he entendido que la reputación en proyectos europeos tampoco aparece de repente. Es la suma de muchas pequeñas decisiones tomadas durante años.
La ciudad que llega antes
Aquella conversación con Leszek Walczak duró apenas unos minutos.
No hubo fotografía preparada.
No hubo discurso.
No estaba prevista en ninguna agenda.
Precisamente por eso la recuerdo.
Habíamos ido hasta Gdańsk para hablar de cooperación europea.
Y, al pie de un escenario, durante una pausa para el café, terminé descubriendo una de sus consecuencias más difíciles de medir.
La reputación en proyectos europeos viaja.
A veces incluso sin que seas consciente de ello.
Se construye proyecto a proyecto, correo a correo, problema a problema, persona a persona.
Y un día llegas a una ciudad en la que nunca has estado.
Te presentas.
Dices que vienes de Murcia.
Y descubres que no hacía falta explicar demasiado.
Alguien ya había hablado de vosotros.
Quizá ese sea uno de los mejores resultados que puede dejar cualquier proyecto europeo.
Que cuando tú todavía no has llegado,
tu trabajo ya haya llegado antes.
